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Homenaje a Ros Bazán

En el Corralón, su lugar-santuario, se nos ha muerto como del rayo nuestra Ros, con quien tanto queríamos.

Lo súbito del golpe nos impacta, nos duele y nos desborda de la misma intensidad luminosa que siempre irradió nuestra maestra. La contracción se expande. Con ella aprendimos a abrirnos al sentir, confiar en el cuerpo y en los vínculos.  Su partida nos anima a compartirnos y a querernos, con ella y junto a ella.

Ros se nos fue vestida de fiesta. Se nos fue trabajando. Que el trabajo y la celebración nunca estuvieron reñidos en los espacios de su cotidiano. Cada cosa a su tiempo. Y el contacto y la presencia en todos los tiempos; confrontación, ternura, risas, furia, lágrimas, cabreo, humor, meditación, caricias y la música ¡la música! y el baile y la celebración.

Rodeada de su gente, después de un último baile gozoso y en su última cena, Ros se fue. Ella que había acompañado tantas despedidas, no se despidió. Al menos no lo hizo desde su cuerpo físico. Pero ahí estábamos al poco, en Mérida, su ciudad de origen, una parte de su extensa tribu gestáltica, tuneando la capilla del tanatorio y convirtiendo el lugar en otro santuario, donde poder volver a cantar y a bailar con ella, que lo sobrevolaba todo, desde la sutileza de un plano más etéreo de la realidad, desde el que, en absoluto, iba a perderse el espectáculo. 

Fue tiempo de cosecha. En palabras y símbolos se expresó la vulnerabilidad, el amor y el agradecimiento hacia la madre-maestra-hermana-amante-amiga y acompañante de tantas vidas que tuvieron la fortuna de experimentar la transformación alquímica que produce el simple contacto real con un ser auténtico.

Chamana apasionada del mundo. Nada de lo divino, ni de lo humano le era ajeno. Después de ella, no te quedaba duda de que lo contrario del amor nunca fue el odio, sino la indiferencia. Ros no dejaba a nadie indiferente.

Su maestría era arremangarse, bajar al inframundo, chapotear en el lodo y regresar con la mirada limpia.

Ir de su mano era un constante desafío a batir nuestras marcas personales: “más rápido, más alto, más fuerte”. Con ella enfrente, se nos desbarataban los pretextos, caían una a una las excusas. Te rendías, confiabas y de pronto te sorprendías haciendo algo heroico que hubieras jurado eras incapaz de hacer. La mente quedaba fuera de combate, las certezas volcadas y entonces se abría la rampa de acceso a “lo imposible”.

La mujer de los ojos luminosos nunca ocultó su sombra y ese inusual regalo fue quizá el que más nos ayudó, a quienes la conocimos, en esto del aprendizaje del amor, a los otros y a nosotros mismos. Que quizás la vida vaya de eso y poco más.

La luz y la sombra, y la convivencia de ambas en el mismo cuerpo, nos permitió reconocernos, proyectarnos, abrazarnos íntegramente y, con suerte, intuir qué era eso de la Compasión, que enseñan los Maestros.

En su despedida en Mérida, nuestro pequeño templo refundado estaba lleno, pese al agosto, los kilómetros, la pandemia y las restricciones, y aun así éramos apenas una pequeña representación del vasto tejido humano que durante su vida cultivó incansable esta emperatriz de tribus de ultramar, que cruzaba el charco difundiendo y compartiendo Gestalt y generando amores creativos en todos los puertos. Y es que Ros era de grupos.

Qué bien que la realidad bailó contigo y te permitió irte tan bien acompañada, sin tener que padecer el aislamiento de los que partieron en los tiempos más duros del Covid. Nunca te escuché expresar mayor congoja que hablando de esas muertes desoladas.

Estoy segura de que en tu despedida estabas contenta y triste y satisfecha y orgullosa y emocionada y conmovida, como creo que nos sentíamos también muchos de nosotros. Que te echamos ya de menos es un hecho. Te extrañamos. Y es que es realmente muy extraño pensar que ya no estás, aunque en el fondo sepamos que sí estás. Pero es que, a esta nueva forma de tu estar, vamos a tener que acostumbrarnos.  

Me receto tiempo y confianza. Busco en mi caja de herramientas… tiempo… confianza… ¡tengo!  Menos mal. Nos dejaste la tierra sembrada y la nevera llena. Hay para repartir ¡Gracias querida! Que disfrutaste tu estancia lo sabemos ¡Que disfrutes también este viaje!

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